¿Qué tan seguido te despides de quien ya no eres?
- Alberto Tovar
- hace 5 horas
- 2 min de lectura

Dos escenas ocurren al mismo tiempo en una compañía. A un alto ejecutivo con veinte años de experiencia le piden rediseñar toda su área para dejar la atención al cliente en manos de la Inteligencia Artificial, con apenas unos cuantos supervisores humanos. En otra oficina, a un recién egresado de diseño le explican que su área está sin plazas, aunque por sus soft skills podrían ubicarlo en ventas, con buena proyección de crecimiento y sueldo. En ambos casos las circunstancias empujan a una reconversión profesional, y en ambos habrá un duelo por lo dejado atrás.
Durante décadas, la identidad profesional fue un traje cosido una sola vez y usado toda la vida. Tus padres, quizá tus abuelos, se dedicaron a lo mismo durante cuarenta años y eso les daba pertenencia, dominio y reconocimiento. Hoy esa lógica desapareció y la vida laboral exige reinventarse varias veces. Ahí surge una pregunta: ¿qué haces con la versión tuya anterior?
El coaching y la literatura organizacional llevan años distinguiendo entre cambio y transición. El cambio es lo externo y visible, el puesto nuevo, la herramienta nueva, la industria nueva. La transición es lo interno, lo silencioso, el territorio donde ocurre el trabajo psicológico real, porque implica dejar algo atrás, con una especie de duelo por atravesar.
El riesgo de este proceso está en reinventarse solo por fuera mientras que por dentro se sigue aferrado a lo anterior, con una inconformidad profunda y una ineficiencia evidente en la nueva versión de uno mismo, acompañadas de malestar sostenido.
Ese paso intermedio implica un duelo. La persona tenía competencias, certezas, una manera propia de ser reconocida y valorada. Construyó esa versión con años de esfuerzo, y ahora el entorno le pide soltarla para dar entrada a una actividad distinta.
Creemos frenarnos por la resistencia al cambio, y quizá lo que verdaderamente nos estanca es la resistencia para despedirnos de lo anterior. Crecer hacia lo nuevo exige antes aceptar lo perdido, porque solo ese reconocimiento libera el espacio donde lo nuevo puede instalarse.
Reinventarse tiene entonces dos partes rara vez mencionadas juntas, aprender algo distinto y permitirse haber sido algo ya imposible de volver a ser.
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