Se vale quejarse; ¿y luego?


La devastadora pandemia; la solitaria cuarentena; el impacto en nuestras finanzas personales y la inmensidad de noticias malas, sin una perspectiva clara, generan en nosotros un miedo que puede llegar al pánico. El riesgo es que cause parálisis y nos lleve a una depresión.

Siempre están presentes los pesimistas, y ahora se han intensificado por razones obvias. Pero eso no es bueno para salir de la crisis de salud y económica, independiente de qué tan cierto sea el hecho de que hay situaciones de total desesperación.

Creo que es momento de sacar del olvido todas esas historias de esfuerzo que tenemos en el entorno inmediato y las formas de cómo se levantaron ante la adversidad; esto nos puede servir de ejemplo para mantenernos en la línea de batalla.

Quiero narrar un caso que conocí de cerca porque se trata de una familiar de la cual me he sentido sorprendido de la manera en que encaraba la vida. Simplemente le llamábamos “Martita”.

Nació en el contexto de otra epidemia que pegó duro a los niños de México y devastadora por sus secuelas: la polio. Desconozco los detalles médicos; a ella le provocó una parálisis casi total, no podía caminar, sus manos eran torpes; pero su espíritu grandioso.

Su mamá nos contaba que desde temprana edad fue una lucha permanente contra la muerte y por los efectos de la polio, con una infinidad de operaciones recurrentes. Desde niña le dieron un pronóstico de vida mínimo.

Bajo una visión estética común, podríamos suponer que no habría quien se enamorara de ella, además de los requerimientos de cuidados necesarios e intensos. Sin embargo, sobrevivió y fue muy jovial, la silla de ruedas jamás la limito a ir a un espectáculo o fiesta.

Se enamoró y fue correspondida por un hombre con todas sus capacidades físicas. Le advirtieron que si se casaba moriría; claro, desoyó los consejos y la boda parecía un velorio, porque sentían que estaban despidiéndose.

Al tiempo, fue ella quien pidió el divorcio por un tema de infidelidad; él le rogaba que le dejara regresar y pedía perdón. La dignidad de Martita no lo permitió.

Sí, murió al final del camino, viviendo con plenitud y regalándonos un gran ejemplo de superación.

Y yo digo, “después de recordar esta historia, ¿me puedo quejar? ¿me puedo rendir?” Siempre hay opciones, siempre habrá una salida.

La solución a nuestros problemas, sean económico o de otra índole, no está en el pesimismo. La creatividad y el esfuerzo es posible sólo a través de una actitud positiva.

Cuando la pérdida es inminente y el golpe está dado se vale quejarse, pero entre más pronto le demos vuelta a la hoja y pasemos al siguiente capítulo de la acción, mejor.

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