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¿Cuándo no tomar decisiones?

¿Recuerdas la última ocasión en que te arrepentiste de una decisión? Tal vez una inversión poco afortunada o un gasto que resultó innecesario. Ese sentimiento aparece con más frecuencia de la que solemos admitir y puede guardar una relación estrecha con el estado mental desde el cual resolvemos.

El tema fue abordado por Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, en el libro “Ruido. Un fallo en el juicio humano”. Junto con sus coautores, documenta cómo un mismo juez emite veredictos distintos según la hora del día o el nivel de cansancio, con resoluciones severas conforme avanza la jornada e indulgentes después de una pausa. El hallazgo central apunta a que el juicio varía cuando cambian las condiciones internas desde las que se decide.

Por ejemplo, quien va al supermercado con hambre suele adquirir más productos de los previstos. Algo semejante ocurre al tomar decisiones financieras en medio de la euforia. Factores como las vacaciones, un bono inesperado o una racha positiva generan una sensación de abundancia que altera la percepción del riesgo. En ese contexto surgen compras como los tiempos compartidos o compromisos de largo plazo que, evaluados con mayor serenidad, habrían requerido preguntas y análisis.

El enojo introduce una distorsión distinta. Después de una discusión, algunas personas optan por resolver para cerrar el episodio cuanto antes. Cancelan un servicio, venden un activo o aceptan condiciones poco convenientes con tal de dar por terminado el conflicto.

El cansancio también influye. Al final del día, tras atender múltiples asuntos, la mente tiende a simplificar y aparece la inclinación por aceptar la primera alternativa disponible, posponer comparaciones o firmar para liberar el pendiente. Incluso el alcohol, presente en muchos contextos sociales habituales, modifica la forma en que valoramos compromisos futuros. Basta una ligera reducción en la capacidad de anticipar escenarios para que una decisión relevante pierda nitidez.

Además, recuerda que quienes dominan el arte de vender comprenden bien estas llaves de la mente y saben identificar cuándo una persona resulta más influenciable. Aprovechan la euforia, la urgencia emocional, el cansancio o la distracción. Las promociones con tiempo limitado y la presión para decidir de inmediato descansan en esos estados.

El mejor antídoto tiene dos componentes. Reconocer la carga emocional presente al y permitir que la mente recupere calma. Después, elegir cuando ese efecto haya disminuido. En ese punto, la recomendación clásica de consultarlo con la almohada mantiene su vigencia. Dormir una decisión importante representa una forma práctica de cuidarla.

¿Identificas qué decisiones has tomado influido por la emocionalidad? Coméntame en LinkedIn, Instagram, o X y sígueme en el podcast “Dinero y Felicidad”, en Spotify, Apple Podcast, entre otros

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